Alicia en el País de las Maravillas
Vivimos en un país paradójico. Mientras los que tienen plata para comprar libros no lo hacen, hay miles de personas sin recursos que se mueren por leer. Mientras hay abundancia de comida en unas mesas y se desperdicia a manteles, en otras, en cambio, no hay ni para una ración.
Somos una sociedad de extremos. Vivimos en la opulencia o en la miseria. Creemos que somos habitantes del paraíso, pero tenemos las costillas intactas. Ni somos Adán ni seremos el último hombre, pero, sin embargo, nos comportamos como si no viviéramos en arriendo en la Tierra y no fuéramos todos a terminar en la misma caja.
Es la paradoja en la que vivimos. Mientras condenamos la guerra, hacemos todo lo posible para que la desigualdad y las causas que la generan se mantengan. Gastamos millones en nuestras mascotas, pero no invertimos en la gente de carne y hueso.
Adoramos y creamos ídolos y caudillos para no sentirnos tan abandonados, y luego les entregamos y embestimos de todos los poderes sin hacer más preguntas. Premiamos en público el atajo, aunque a diario en privado lo recorremos.
Somos, un país sumiso ante las injusticias, orgulloso de pendejadas, incapaces de asumir roles de liderazgo y de valentía reales. Un país mentiroso consigo mismo, que vive del qué dirán, pero que no tiene responsabilidad social real.
Pero, así mismo, y para seguir con la paradoja, vivimos en medio de la guerra y nos sentimos felices y no nos dejamos derrotar y seguimos para adelante y progresamos y nos sorprendemos. Logramos superar inconvenientes por medio de los más asombrosos recursos, salimos adelante a pesar de tener todo en contra, soñamos aunque las balas no nos dejen, a veces, dormir. En fin, vivimos a pesar de la muerte.
Una doble vida que sin duda confunde. Actuamos distinto en la casa que fuera de ella y repetimos los males de los que nos quejamos. Nos mortifica que en otros países nos traten como inmigrantes y foráneos, pero no somos capaces de tolerar las diferencias regionales. Nos reímos de chabacanerías, pero no asumimos el humor inteligente. No somos xenófobos, pero sí clasistas.
Somos capaces de elegir a ineptos para algunos cargos de gobernantes, de perdonar a los que mafiosamente se han hecho ricos, de convivir con hampones, de elevar a Dios a míseros políticos, aunque al final sepamos que todos roban por igual.
Justificamos la creencia de que todo fin justifica los medios; vamos a misa, pero no somos religiosos; hacemos la trampa, pero nos liberamos de tirar las piedras.
Nos creemos grandes conocedores de temas, porque un compatriota triunfa en un deporte extremo, pero no miramos que en los deportes de equipo nunca triunfamos. Vivimos de los recuerdos de tardes de gloria, pero a nuestros verdaderos héroes los condenamos al olvido.
Somos, al fin y al cabo, colombianos, seres paradójicos que se comportan correctamente en otras partes del mundo, pero que acá no cumplimos las reglas.
Somos un país difícil de entender, lleno de realismo mágico, de supersticiones, de mitos urbanos; un país infierno que se siente paraíso, un país paraíso que a veces es un infierno. Un país con una fauna de micos, lagartos, sapos, que han logrado sobrevivir en la jungla.
Esa es nuestra realidad; una realidad que produce grandes artistas, grandes creadores plásticos, escritores, poetas, grandes empresarios, que terminan siendo cerebros fugados o personajes anónimos para la mayoría.
Somos, en el fondo, un país que produce tan buen café y personas inteligentes como ladrones y narcotraficantes; tan rico como egoísta; tan diverso como desigual; tan distinto a todos, pero tan fácil de dilucidar. Un país paradójico del cual, sin embargo, nos sentimos orgullos y del cual muchos nunca nos queremos ir. Un país, como el de Alicia, con maravillas, pero también con mucho de inverosímil.
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